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Aventura

Chasing Trail Ep.19, Oriente en el horizonte. Irán

Fanatismo religioso, mulás blandiendo sables y una sociedad que parece hermética: Irán sigue siendo un país prácticamente desconocido. No se percibe en ningún momento esa magia exótica oriental del pasado. Un viaje a Teherán y al paisaje iraní ha permitido a Andrew Neethling y Holger Meyer conocer la realidad de primera mano: acompañados de un grupo de iraníes, estos profesionales que ya han recorrido medio planeta exploraron los senderos de la perla de Persia y disfrutaron no solo de la increíble red de caminos, sino también de la cordialidad de sus habitantes. La percepción que tenían de Irán dio un giro de 180 grados.

 

Me va a estallar la cabeza en el taxi; el taxista no para de tocar el claxon como un loco. Detrás de mí van dos bolsas de bicicletas que no me dejan moverme. Es un milagro haber conseguido meterlas en el Saipa amarillo. La hora punta de una ciudad de 11 millones de habitantes como Teherán es otro mundo. Los coches apenas dejan distancia de seguridad. Hay tres carriles, pero parece que se circula por cinco. Llegamos al hotel y allí nos esperaba Michel, nuestro guía suizo, que había planificado el viaje y nos había preparado un calendario con una precisión muy suiza. Andrew, Martin y yo estábamos encantados. El plan de Michel tenía buena pinta: unos días en Teherán, luego subimos a las montañas que rodean la capital iraní, nos desviamos para visitar una estación de esquí, subimos al norte al mar Caspio y acabamos en el desierto. ¡Buen plan! Nos relajamos, apuramos el último sorbo de nuestro té con azúcar sentados con las piernas cruzadas y entonces Michael nos comunica que se tiene que marchar al día siguiente. Hassan, nuestro guía local, se encargará de todo. ¡Perfecto! Dos tipos diferentes, dos maneras diferentes de hacer las cosas: estamos ansiosos por empezar.

Es viernes. Pero, en Irán, el viernes es domingo. Nadie trabaja. Y parece que aquí son todos ciclistas. Bueno, al menos los que tienen bicicleta. Y tengo la impresión de que todos esos ciclistas me observan con el máximo interés mientras intento calzar las cubiertas tubeless que se resisten a volver a sus llantas después de nuestro vuelo. No se me ocurre qué más puedo hacer para arreglar las ruedas cuando alguien se acerca a mí y me pregunta: “Hola, ¿te gusta Irán?” Siento que me cae el sudor por la frente mientras acciono la bomba como un idiota.

En ese momento aparece nuestro guía, Hassan: 1,70 de estatura, gemelos de acero y pelado deportivo. Es entrenador nacional de MTB en Irán. Está moreno del sol iraní y nos cuenta, en un inglés bastante escaso, que también es mecánico. Se dirige a su Saipa (una marca de coches iraní) y vuelve con un compresor de 12V: ¡me acaba de salvar! Mientras tanto, se ha formado a nuestro alrededor un corro de unos 40 hombres y mujeres. Sí, las mujeres también montan en bici aquí. Se visten con ropa larga, ya que el estado las obliga a cubrirse la cabeza y llevar vestidos largos. Por nuestra parte, nosotros nos ponemos unos culottes cortos para resistir mejor las temperaturas del verano.

Por desgracia, el compresor de Hassan tampoco me sirve de ayuda. Taja, un compañero freerider, identifica el problema y me ofrece dos cartuchos de CO2. Inmediatamente, las dos gomas que se resistían vuelven a ocupar su sitio en las llantas. ¡Ya podemos ponernos en marcha! Cruzamos un parque por el sur, a las afueras de Teherán. Rodamos primero sobre asfalto y luego por fin empezamos a subir por un sendero. Estamos cerca de unas instalaciones militares y vamos ganando altura metro a metro. Hassan nos explica que es mejor que no saquemos fotos, porque podrían acusarnos de espionaje y detenernos. No parece buena idea sacar unas fotos, no. El grupo empieza a disgregarse. Todo el mundo nos pregunta qué nos parece su país. Por desgracia, tampoco podemos decir mucho, porque acabamos de aterrizar. Aparte de ver que el terreno ofrece una tracción bastante buena a pesar de ser arena limpia sin polvo, no tenemos mucha experiencia.

Paramos a descansar un rato y disfrutar de las vistas. Estamos rodeados de montes sin vegetación con varios caminos y senderos. El paisaje es desértico hasta donde alcanza la vista; no se ve nada verde. La ruta está un poco descompuesta y no muy bien marcada, cuando comienza el ascenso. Subimos jadeando hasta la cima y no podemos decir ni una palabra, estamos sin aliento. Las vistas son espectaculares. Desde ahí arriba se ve todo Teherán. Hasta donde alcanza la vista, la ciudad parece una alfombra gigantesca de edificios que ocupa todo el valle y está rodeada de montañas. Y así dejamos atrás una ciudad de 14 millones de habitantes que hoy, por suerte, no está oculta por la contaminación. “Mucho, mucho suerte,” nos dice Hassan. Lo normal es que el cielo esté más marrón que azul, nos comenta nuestro guía en su rudimentario inglés.

Aquí es el lugar donde nuestro grupo se separa ya definitivamente. La mayoría opta por una ruta más fácil que baja al valle. Hassan nos ofrece una recomendación magnífica: seguir el camino por el monte. Es la mejor manera de disfrutar de las vistas panorámicas, ya que el sendero es muy estrecho, se empina mucho y tiene varios pasos con rocas. El terreno es duro y con polvo, pero con los tacos tenemos una tracción excelente. En las curvas hay buen agarre, y de vez en cuando se empina el camino para darle un poco de caña al sistema cardiovascular. Seguimos por el camino una hora o así antes de volver al tráfico caótico de la metrópolis.

NOSTALGIA DEL SHA Y REMONTES MORADOS

La estación de esquí de Dizin se construyó en los años 70, cuando el Sha de Persia era todavía la máxima autoridad en Irán. Los remontes son de la época, y dan la impresión de seguridad que era habitual de esa época. Son como huevos de pascua de colores colgados de un alambre. Por lo menos los han pintado en un color morado a la moda, y siguen funcionando. Sin peso encima, alcanzamos la cota 3000. Estamos en la cordillera de Elburz y hay varias cimas que casi alcanzan los 4000 metros. Se me hace la boca agua pensando en las increíbles oportunidades de disfrutar de la nieve en polvo ahí arriba cuando llegue el invierno: Descensos amplios hasta donde alcanza la vista. Pero, ¿hay algún sendero trazado ahí arriba? Andrew y yo seguimos un canal antiguo para dirigirnos al valle. ¿Caminos? Me temo que no. Lo que pasa es que en Irán el término “carretera” no significa lo mismo que nosotros entendemos por “carretera.” Aquí se alternan tramos de gravilla gruesa con suelo de tierra compactada y en cada curva gritamos de pura emoción. Estamos a bastante altitud, empieza a refrescar y a la caída del sol necesitamos calentarnos de alguna manera, ya sea con un edredón de plumas o con una sopa o un té caliente (aunque lo ideal sería calentarse con todo eso a la vez). “El plato nacional se llama ash, y se sirve en casi todas partes. Es una especie de puchero de verduras que se cocina directamente sobre una lumbre. Hassan nos pide unos platos. Está rico y sirve para calentarnos.

Cuando despierto, descubro que estoy acostado en una alfombra persa espectacular. Sí, me duele la espalda, pero ha sido una buena idea traer un saco de dormir de plumón. En las montañas de Irán hace mucho frío por la noche. Dormimos en una casa que no tiene camas, lo único que hay son alfombras. Aquí es lo normal. Todo el mundo duerme en el suelo sin más, ¡una experiencia nueva! Nos preparamos un té y nos ponemos en marcha. Tras subir 1000 metros, tenemos que bajarnos de la bici y seguir a pie. Queremos desayunar en altitud y al sol. Alternamos entre caminar y montar en la bici mientras cruzamos un bosque precioso, donde los jirones de la niebla dejan paso poco a poco a los rayos de sol.

No es un bosque muy tupido, pero los árboles están cubiertos de musgo. Ya hay muchas hojas doradas que indican la llegada del otoño. Cuanto más subimos, más luz entra en el bosque. Hassan va en cabeza, seguido por Andrew y por mí. A medida que ascendemos, cambia la vegetación: estamos en un hayedo, rodeados de vegetación verde. De repente, llegamos a un lugar de verde intenso que jamás nos habríamos imaginado en Irán. El camino serpentea entre los árboles y nos divertimos pugnando por ir en cabeza hasta que se nos cruzan dos perros enormes que nos impiden seguir.

Un poco más arriba hay dos pastores desayunando calentitos al sol. Son los dueños de los perros. Con un silbido, los perros se amansan. Los pastores de la montaña han acampado aquí: ese es justo el plan que teníamos nosotros. Como si fuera lo más normal del mundo, nos invitan a que desayunemos con ellos. Hassan traduce: “Son muy amables.” ¡Sin duda! Nos ofrecen pan de pita, queso fresco, miel casera y unas verduras.

Los perros nos acompañan en nuestro ascenso a la cima. Los últimos metros tenemos que recorrerlos a pie. Aquí arriba ya no hay árboles, es terreno inhóspito. Al pie de la cumbre se ven algunos refugios. Una vez en la cima, el viento nos azota en los oídos. Nos protegemos en un refugio y disfrutamos de una vista espectacular del monte Damavand y sus 5600 metros de altura. Es la montaña más alta de Oriente y la nieve reluce con el sol del mediodía. Y ahora viene lo mejor: ¡el descenso! La primera parte es algo técnica, tiene muchos pasos cortados con piedras y varias curvas cerradas, pero luego ya es más fluido y gana bastante velocidad siguiendo las antiguas veredas de pastores. No faltan oportunidades para adelantar a los compañeros. A Andrew se le nota enseguida que ha competido en el mundial de descenso y va buscando los saltos. Va tan rápido que tengo la sensación de que estoy en un videojuego y tengo que ir esquivando las rocas que se interponen en mi camino. Luego, en el tramo de bosque, la diversión se multiplica: hay hojarasca en el suelo, el terreno está resbaladizo y no es fácil seleccionar una trazada clara. Ya nos había avisado antes Hassan: “¡Sendero, mucho bonito!” Y lo cierto es que no exageraba, no. Pasamos un buen rato con todos los giros que realizamos en el bosque, donde tuvimos que bajarnos de la bici esta mañana.

Llegamos al mar Caspio por la noche. Nos presentaron a los amigos ciclistas de Hassan en la playa. Es entrenador nacional y parece que se conoce el país como la palma de la mano (o al menos parece que conoce los mejores sitios para entrenar). Nos sentamos junto a la hoguera y hablamos de los planes para el día siguiente. El consumo de alcohol está estrictamente prohibido en Irán, así que, una vez más, bebemos té en lugar de unas cervezas. Aunque se denomine “mar Caspio”, en realidad no es un mar, y queremos comprobar si, efectivamente, el agua del mayor lago del mundo es salada. El agua no está tan fría y sienta bien, sobre todo teniendo en cuenta que no está claro todavía que tengamos dónde ducharnos. Nos secamos junto a la hoguera.

Al día siguiente recorreríamos una ruta increíble. Andrew y yo estábamos ilusionados como niños chicos cuando Mohammed, Mehed, Tehali y Behzad, los compañeros de Hassan, nos contaron lo que nos esperaba, aunque quizás fuera por efecto del té. Una bajada por un sendero de 16 kilómetros; eso ya basta para irse a la cama con toda la ilusión del mundo.

Hassan duerme fuera pero se viene con nosotros a la alfombra mágica a mitad de la noche. Había empezado a llover. A la mañana siguiente nos llevamos una sorpresa: está lloviendo a mares. Por ahora, ese sendero con el que soñábamos seguirá siendo justo eso; tan solo un sueño. Tenemos un calendario muy apretado, así que decidimos seguir pedaleando hacia el desierto a ver si ahí tenemos más suerte.

Taheli y Behzad, dos riders del equipo de descenso de Hassan, se incorporan a la ruta. Están muy motivados y quieren enseñarnos lo mejor de su país. Curiosamente, eso mismo le sucede a la mayoría de los iraníes, les encanta charlar. “¿De dónde eres? ¿Quieres un té? ¿Baviera, Múnich? ¿Borussia Dortmund? ¿Götze? ¿Selfie?” Y siempre justo en ese orden.

De camino al desierto nos detenemos en un sendero de descenso. Las laderas son amplias y no hay árboles, es un escenario complemente diferente para el ciclismo de montaña. Una vez más, estamos impresionados con los recorridos y los paisajes que tenemos ante nuestros ojos. Y Hassan está orgullosísimo de ver que estamos encantados con todo. Para él, esta zona es un territorio que domina.” “Esto es como Utah, ¿a que sí?”

En Kashán, en pleno desierto, vemos los primeros turistas. Hasta ese momento, nuestra visita nos parecía un viaje a otra época: únicamente habíamos visto lugareños y toda la autenticidad del mundo en un país remoto. Kashán es una ciudad histórica, con palacios y edificios históricos preciosos, todos en tonos beige y marrón. El casco antiguo me recuerda al paisaje de Star Wars. Andrew aparece con su bici por detrás de una esquina como si fuera Luke Skywalker en su planeador espacial. Recorremos juntos el bazar, regateamos en los puestos y seguimos sin aclararnos con el dinero y con tantos ceros. Llegamos hasta las murallas de la ciudad y vemos que siglos de erosión las han dejado como un pump track. Andrew intenta dar unos saltos, pero tenemos que seguir con el viaje antes de que se hunda la muralla.

Las siguientes rutas quedan cerca de Teherán y las recorremos en compañía de nuestros nuevos amigos iraníes. Falta poco para despedirnos de un país que difícilmente podría incluir más diversidad y más contradicciones. Los iraníes son increíblemente abiertos y están muy occidentalizados, no se parecen en nada a la imagen que teníamos de ellos y que sería de esperar viendo las noticias de la prensa.

Una cosa nos ha quedado muy clara: ¡volveremos a Irán!

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